Fútbol y Juegos Olímpicos, historia de una unión imposible

El patinazo de la selección olímpica de fútbol dejó en España un regusto amargo y un conato de polémica a tenor de un tweet escrito por el triatleta Javier Gómez Noya en el que decía que el fútbol no merecería la categoría de ser olímpico porque no compiten los mejores jugadores. Al contrario de lo que pueda parecer, esta polémica, la de la relación del fútbol con los Juegos Olímpicos, no es cuestión del presente ni se reduce a la opinión de Gómez Noya, sino que es un enfrentamiento casi tan antiguo como la invención de este deporte y la aparición del movimiento olímpico.

Como ya avanzaba en el anterior post dedicado al fútbol olímpico y el debut de Giggs en una gran competición por selecciones, el desencuentro entre COI y FIFA comenzó hace más de tres cuartos de siglo. Concretamente, en 1930 la FIFA organizaba el primer mundial de selecciones nacionales cercenando de este privilegio a los Juegos Olímpicos, ya que hasta ese momento el torneo olímpico hacía las veces del mundial y su campeón así era considerado. La respuesta del COI no se hizo esperar y dos años después, en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932, apartó al fútbol de su programa tomando como excusa el profesionalismo de sus practicantes.

La firma del ‘armisticio’ entre ambos organismos se produjo justo antes de la prueba olímpica de Berlín en 1936. El acuerdo al que llegaron FIFA y COI era que el fútbol regresase al panorama olímpico con la condición de que los integrantes de los equipos fuesen amateurs. En este punto intermedio, el COI se aseguraba que los participantes no fuesen profesionales y la FIFA que su deporte estuviese presente en la cita deportiva más internacional sin que supusiera una competencia para su mundial, donde los equipos participaban con todo su potencial.

Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial este acuerdo quedó desvirtuado. La razón era que todos los jugadores de los países soviéticos eran amateurs, por lo que estas selecciones podían disputar cada dos años ambas competiciones con toda su artillería. Este agravio se tradujo en que desde 1948 hasta 1980 todos los campeones olímpicos de fútbol fueron países del otro lado del ‘Telón de Acero’ copando además la gran mayoría de los metales puesto en liza durante ese periodo.

La vuelta de tuerca necesaria se produjo en Los Ángeles 1984 y Seúl 1988, donde se permitió la participación de jugadores profesionales. La única cortapisa que proponía el COI era que las selecciones americanas y europeas no podían participar con futbolistas que hubiesen disputado un mundial. La intención era que el escalón entre el ‘primer’ y ‘tercer’ mundo futbolístico no fuese demasiado pronunciado.

La fórmula actual se empezó a gestar en Barcelona 1992, cita en la que España se colgó el oro. Para evitar diferencias de reglamentación entre los participantes, se apostó por equipos compuestos por jugadores menores de 23 años, sin ninguna otra limitación. Cuatro años después, en Atlanta 1996 se añadió la concesión de que tres fichas pudiesen ser ocupadas por jugadores seniors, conformando así una reglamentación que se ha mantenido hasta la actualidad.

Una polémica que nunca ha cesado

Sin embargo, estas reglas de juego no son la panacea que hayan unido a todos los implicados. Sobre todo a raíz de la participación de grandes jugadores como Messi en Pekín 1998, los clubes entraron de lleno en el debate y pusieron el grito en el cielo. No acertaban a comprenden como tenían que ceder a algunos de sus jugadores franquicia en plena pretemporada y dejarles prácticamente sin vacaciones, mermando así el rendimiento a lo largo de la temporada. La polvareda levantada fue tal que el presidente de la Federación Alemana, Theo Zwanziger reconoció en agosto de 2009 que existían corrientes dentro de la UEFA partidarias de la renuncia a la disputa de los Juegos Olímpicos o hacerlo con equipos sub’21.

Sea en las condiciones que sea, parece que la participación del fútbol en las citas olímpicas nunca estará exento de polémica. La coincidencia con las pretemporadas de los grandes equipos y el hecho de que coincida con el año en que en Europa se disputa el cetro continental y en América buena parte de las opciones mundialistas de sus equipos en las eliminatorias previas de clasificación, convierten en un utopía la participación de selecciones absolutas. Quizá, como ocurriera en baloncesto a partir de Barcelona 1992 con el Dream Team, hasta que a los Juegos Olímpicos no vayan los mejores esta ‘guerra’ no verá su final.

En Twitter: @AlMolero

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Periodista deportivo empeñado en no perder la ilusión por lo que más le gusta
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